¿Se puede enseñar la sabiduría? La ciencia que intenta responderlo
La sabiduría, tradicionalmente terreno de filósofos y religiosos, se está volviendo objeto de estudio científico. Investigadores como Monika Ardelt y Paul Baltes han empezado a medirla, enseñarla y explorar si puede cultivarse.
Un encuentro que cambió una carrera
Emily Swanson llegó al umbral del doctorado bajo presión: el examen de grado y la expectativa de rendimiento. Un giro inesperado ocurrió cuando aceptó trabajar con Monika Ardelt, socióloga de la Universidad de Florida y figura central en el estudio científico de la sabiduría. Ardelt imparte un curso llamado “La búsqueda de la sabiduría y la prosperidad humana”, en el que los estudiantes viven durante una semana conforme a tradiciones asociadas a la sabiduría —entre ellas el budismo, el cristianismo y el estoicismo— y reflexionan sobre esas prácticas.
A través de ejercicios prácticos y reflexión consciente, Swanson aprendió a observar sus pensamientos y emociones con distancia y sin juicio. Ese cambio de perspectiva le permitió replantear su examen: en vez de verlo como una amenaza, lo percibió como una oportunidad para aprender y arriesgarse intelectualmente. El resultado fue un trabajo más sólido y una experiencia menos paralizante.
¿Qué entienden los científicos por “sabiduría”?
La sabiduría ha sido tema de las humanidades desde la Antigüedad, pero en las últimas décadas se la ha sometido al método científico. Paul Baltes, psicólogo del Instituto Max Planck, fue pionero en los años ochenta al diseñar formas de evaluar la sabiduría de manera sistemática. Sus experimentos pedían a personas de distintas edades que reflexionaran en voz alta sobre dilemas hipotéticos —por ejemplo, cómo aconsejar a un amigo con ideas suicidas o a una adolescente que quiere casarse— y luego calificaba las respuestas.
Baltes y su equipo puntuaron las respuestas en una escala del 0 al 7 usando cinco criterios que hoy se conocen como el Paradigma de la Sabiduría de Berlín:
- Conocimiento sobre la vida y la naturaleza humana.
- Estrategias para afrontar diversas circunstancias.
- Reconocimiento de que no todos comparten los mismos valores.
- Conciencia de que las prioridades cambian según el contexto.
- Capacidad para tolerar la incertidumbre.
Quienes puntuaban alto no se limitaban a dar instrucciones; identificaban múltiples opciones, evaluaban consecuencias y planteaban preguntas que ayudaban a los demás a comprender la situación. Como resume Howard Nusbaum, del Centro de Sabiduría Práctica de Chicago, Baltes fue “el primero en idear lo que podría considerarse una prueba relativamente objetiva sobre la sabiduría”.
Sabiduría no es lo mismo que inteligencia
Un hallazgo crucial del trabajo de Baltes es que la sabiduría no se reduce a la inteligencia analítica. Habilidades cognitivas elevadas no garantizan comportamientos sensatos o éticos. El psiquiatra geriátrico Dilip Jeste, coautor de un artículo publicado en 2025 en el Annual Review of Clinical Psychology sobre los beneficios de la sabiduría en la vejez, subraya esta distinción con una observación crítica: “Algunas de las personas más inteligentes […] son las peores personas que pueden ser”.
Además, en un estudio de 1990, Baltes encontró que el simple paso del tiempo no asegura un aumento automático de la sabiduría: respuestas sabias aparecían con probabilidades similares en adultos jóvenes, de mediana edad y mayores. En otras palabras, envejecer no equivale necesariamente a volverse más sabio.
¿Se puede enseñar la sabiduría?
Investigadores de psicología, sociología, psiquiatría y filosofía exploran si rasgos como la reflexión, la humildad, la empatía y la tolerancia a la ambigüedad pueden cultivarse mediante intervención deliberada. El ejemplo de Ardelt y su curso práctico sugiere que experiencias diseñadas para promover la reflexión y la exposición a distintas tradiciones morales pueden cambiar la manera en que las personas abordan problemas personales y profesionales.
Judith Glück, psicóloga del desarrollo, expresa optimismo: aunque “no todo el mundo se convertirá en un gran gurú de la sabiduría”, hay margen para que muchas personas crezcan en esas capacidades. Los programas que combinan práctica reflexiva, entrenamiento en escucha activa y ejercicios para reconocer múltiples perspectivas buscan promover una ampliación del campo de visión moral y práctica de los participantes.
¿Por qué importa en el mundo real (y en América Latina)?
El interés por fomentar la sabiduría no es sólo académico. Ante desafíos colectivos —conflictos violentos, desigualdad, crisis climática— la capacidad de deliberar con perspectiva amplia, reconocer la incertidumbre y priorizar soluciones que consideren múltiples intereses resulta especialmente valiosa.
Para líderes, gestores públicos y equipos en América Latina, cultivar rasgos asociados a la sabiduría puede traducirse en decisiones más equilibradas y sostenibles. Por ejemplo, políticas públicas que reconozcan valores diversos, que acepten la incertidumbre y que busquen consensos amplios pueden enfrentar mejor problemas complejos como la planificación urbana, la gestión ambiental o la inclusión social.
Además, prácticas simples basadas en la reflexión y la exposición a distintas tradiciones culturales —tal como propone el curso de Ardelt— pueden adaptarse a contextos educativos y organizacionales en la región. No se trata de sustituir conocimientos técnicos, sino de complementar capacidades cognitivas con herramientas para manejar la ambigüedad, fomentar la empatía y pensar en el bien común.
Límites y futuro de la investigación
La ciencia de la sabiduría todavía no cuenta con una definición única y plenamente compartida. Los métodos —entre entrevistas, escalas y ejercicios prácticos— siguen evolucionando. Pero la convergencia de disciplinas y la aparente posibilidad de cultivar aspectos asociados a la sabiduría ofrecen una base para diseñar intervenciones. Investigadores advierten, eso sí, que el crecimiento en este ámbito no convierte a nadie en un “gurú”; más bien, abre espacio para mejoras graduales en la toma de decisiones y las relaciones humanas.
Conclusión
Pasar la sabiduría del terreno de lo abstracto a lo práctico es un reto científico y social. Desde los experimentos de Paul Baltes hasta los cursos experienciales de Monika Ardelt, la investigación sugiere que reflexionar, escuchar, tolerar la incertidumbre y reconocer múltiples valores son habilidades que pueden reforzarse. Para sociedades y organizaciones de América Latina, integrar estas prácticas podría ayudar a enfrentar desafíos complejos con más sensatez y menos polarización.
Cultivar sabiduría no es una cura mágica, pero sí una inversión en la calidad de la deliberación pública y en la capacidad de tomar decisiones que beneficien a más personas en el largo plazo.
Fuente original: Wired