El poder ciudadano frente a Big Tech: ¿el nuevo talón de Aquiles?
Protestas y demandas ciudadanas en Aragón, California y Chile han detenido o forzado revisiones de proyectos de centros de datos. Más allá de empleos temporales, las comunidades señalan impactos hídricos, energéticos y de soberanía digital.
Un frente ciudadano en crecimiento
En los últimos años, la instalación de grandes centros de datos de empresas tecnológicas ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en un conflicto local y político. Movimientos ciudadanos y redes de activismo han logrado frenar proyectos o provocar moratorias en diversos lugares: desde una iniciativa vecinal en Monterey Park, California, hasta recursos legales contra un centro de datos de Amazon en Aragón. En América Latina el caso más emblemático reciente ocurrió en Chile, donde comunidades consiguieron detener un proyecto de Google en Santiago en 2024 por preocupaciones sobre el uso del agua potable.
Estas movilizaciones no son sólo reacciones aisladas: exhiben un patrón común de cuestionamientos que van desde el impacto ambiental hasta la promesa poco realista de beneficios económicos duraderos para las regiones anfitrionas.
¿Qué preocupa a las comunidades?
- Consumo de agua: La operación de centros de datos demanda grandes cantidades de agua para refrigeración. Investigaciones periodísticas han detectado que, en España, las instalaciones vinculadas a Amazon consumieron más agua de la declarada y que la empresa diseñó estrategias internas para ocultar su consumo real.
- Energía y tarifas: El mayor costo recurrente de estas infraestructuras es la energía. En zonas con alta concentración de centros de datos en Estados Unidos, las tarifas eléctricas han aumentado hasta en un 267%, según reportes citados en investigaciones. Ese efecto puede golpear la economía local y la competitividad de otros sectores.
- Empleo efímero: Las empresas defienden sus proyectos argumentando creación de empleo. Sin embargo, la mayoría de los puestos son temporales y ligados a la construcción. Una vez en operación, un centro de datos requiere, según Microsoft, alrededor de 50 trabajadores como máximo, mayormente en tareas técnicas y de mantenimiento.
- Soberanía y control: Los centros de datos funcionan en la práctica como bases extraterritoriales. Aunque se instalan en territorios locales, la mayor parte del valor —los chips, el desarrollo de modelos y las decisiones estratégicas— se mantiene fuera del entorno local, lo que limita la transformación productiva del territorio.
Casos latinoamericanos: Chile como ejemplo
Chile ha sido un escenario recurrente de disputas. En 2024, comunidades lograron que un tribunal ambiental obligara a Google a revisar planes para un centro de datos en Santiago, motivado por el impacto sobre el agua potable. En la comuna de Quilicura, vecinos lanzaron una protesta simbólica y creativa: un “chatbot humano” formado por personas reales para subrayar las consecuencias sociales de la expansión de la IA y la pérdida de control local sobre decisiones que afectan recursos como la cuenca del río Maipo.
Estas iniciativas muestran cómo las comunidades no sólo rechazan proyectos por motivos ambientales, sino que también denuncian la invisibilización del impacto humano y el desplazamiento de empleos y prioridades locales.
La estrategia de las grandes tecnológicas
Empresas como Google, Amazon y Microsoft presentan recurrentemente la crisis climática como un problema técnico cuya solución requiere herramientas avanzadas, preferiblemente las que ellas ofrecen. Para reforzar ese relato incrementan su presencia en foros internacionales, como la COP30 celebrada en Brasil, donde sus delegaciones alcanzaron cifras récord.
Además, estas compañías buscan consolidar un papel indispensable en la gestión pública. Un ejemplo es Tapestry, el sistema de Google para mapear y gestionar redes eléctricas, que implica acceso a datos sensibles de operadores. A cambio, las empresas prometen eficiencia y soluciones basadas en IA, con modelos de negocio que comercializan predicciones y simulaciones a partir de datos públicos, como en proyectos vinculados a Rio AI City.
Ese movimiento tiene dos efectos: por un lado, posiciona a las plataformas como proveedoras necesarias de soluciones; por otro, convierte problemas locales o nacionales en oportunidades de negocio para actores privados, con un riesgo de dependencia tecnológica y pérdida de capacidad de decisión pública.
Consecuencias para gobiernos y territorios
La expansión acelerada de centros de datos suele venir acompañada de incentivos fiscales y regulaciones a medida. Al mismo tiempo, los costos sociales y ambientales —consumo de agua, presión sobre la red eléctrica, impacto en ecosistemas— tienden a externalizarse. Para gobiernos locales y regionales esto plantea un dilema: aceptar inversión y promesas de modernización o priorizar la protección de recursos estratégicos y la autonomía local.
En contextos de escasez hídrica o de redes eléctricas ya tensionadas, las decisiones sobre dónde y cómo permitir estas infraestructuras deben integrar análisis de riesgo, impacto social y alternativas de desarrollo que no dependan exclusivamente de la llegada de un centro de datos.
¿Pueden los movimientos ciudadanos ser el talón de Aquiles de Big Tech?
La suma de moratorias, litigios y protestas creativas muestra que sí existe una capacidad real de frenar o condicionar proyectos. Acciones como recurrir a tribunales, exigir transparencia en consumos y acuerdos, o visibilizar impactos locales han conseguido resultados concretos: suspensiones, revisiones de planes y mayor escrutinio público.
Sin embargo, el desafío para los movimientos es sostener impacto más allá de victorias puntuales. Las grandes tecnológicas disponen de recursos legales, capacidad de lobby y un discurso convincente sobre innovación y empleo. Para convertir la resistencia ciudadana en un freno estructural se requieren coaliciones amplias entre vecinos, científicas, organizaciones ambientales y administraciones públicas con capacidad regulatoria y de fiscalización.
Qué pueden hacer los decisores públicos
- Exigir transparencia: información veraz y accesible sobre consumo de agua y energía debe ser condición para cualquier autorización.
- Evaluar impactos y alternativas: estudios de impacto ambiental, social y económico independientes y vinculantes, especialmente en zonas con estrés hídrico o redes eléctricas saturadas.
- Condicionar incentivos: vincular beneficios fiscales y permisos a obligaciones claras de mitigación y compensación local.
- Fortalecer capacidades locales: invertir en formación técnica y en políticas que promuevan encadenamientos productivos reales, no solo albergar centros como fachada de modernización.
Conclusión
La expansión de Big Tech no es inexorable. Las recientes victorias y protestas demuestran que la presión ciudadana puede condicionar proyectos, mejorar estándares de transparencia y obligar a las empresas a rendir cuentas. Pero para que ese impulso se traduzca en cambios permanentes es imprescindible combinar movilización social con marcos regulatorios robustos y estrategias públicas que prioricen el bienestar local y la soberanía sobre recursos estratégicos. En América Latina, donde el agua y la infraestructura energética son a menudo limitados, las decisiones que tomen gobiernos y comunidades marcarán si la llegada de centros de datos aporta desarrollo real o simplemente externaliza costes y concentra poder.
Fuente original: El Pais IA