Sharenting: riesgos ocultos cuando los padres comparten a sus hijos en redes
El intercambio constante de fotos y vídeos de menores en redes sociales, conocido como sharenting, crea huellas digitales duraderas y riesgos como ciberacoso y explotación. Un proyecto llamado Guardián investiga la magnitud del problema en Europa y África Oriental para orientar políticas y educación familiar.
Introducción
Compartir momentos familiares en redes sociales es parte de la vida cotidiana de muchas familias. Lo que algunos ven como orgullo o un modo de mantener a la familia conectada, otros lo consideran una sobreexposición que puede afectar la privacidad y la seguridad de los niños. Este fenómeno recibe el nombre de sharenting y plantea preguntas sobre control, consentimiento y consecuencias a largo plazo.
Qué es el sharenting y por qué importa
Sharenting refiere al acto de publicar fotos, vídeos o información personal de los hijos en plataformas digitales por parte de sus padres o cuidadores. Más allá de las intenciones afectivas, este contenido suele permanecer en internet de forma indefinida, puede ser copiado o manipulado por terceros, y a menudo se difunde sin que el menor haya dado su consentimiento.
En la era de los influencers y la monetización de audiencias, compartir la vida de los hijos también puede convertirse en una fuente de ingresos. Algunos menores incluso alcanzan niveles de exposición que los acercan a la microcelebridad, con los riesgos que eso conlleva.
Proyecto Guardián: medir el alcance y los riesgos
La doctora Anna Brosch, de la Universidad de Silesia en Katowice, lidera un estudio financiado por la Unión Europea llamado Guardián. Iniciado en enero de 2025 y con cierre previsto a finales de 2028, el proyecto investiga cómo los medios sociales transforman la infancia, con especial foco en la sobreexposición infantil.
Guardían combina datos cuantitativos, entrevistas y análisis interculturales para entender motivos y consecuencias del sharenting. Entre sus herramientas figura la llamada Escala de sobreexposición de los hijos, diseñada para medir con detalle la frecuencia y tipos de contenidos compartidos y la percepción de riesgo por parte de las familias.
Los investigadores planean además realizar grupos de discusión con padres y niños de entre 5 y 14 años para recoger experiencias y puntos de vista. Ese trabajo está pendiente de la aprobación de una revisión ética antes de comenzar. El proyecto incluye un componente en África Oriental, con la participación del profesor Stephen Muoki, de la Universidad de Pwani en Kenia, lo que permite abordar la cuestión desde perspectivas culturales diversas.
Riesgos constatados por estudios internacionales
Diversas investigaciones y encuestas internacionales muestran que los daños en línea durante la infancia son frecuentes y a menudo graves. UNICEF reporta que más de un tercio de jóvenes en treinta países ha sufrido ciberacoso, y uno de cada cinco afirma que eso les llevó a faltar a la escuela. La Alianza Mundial WeProtect revela que más de la mitad de los jóvenes sufrió algún tipo de daño sexual en línea durante la infancia. Esas encuestas también señalan diferencias de género: siete de cada diez niñas habría recibido contenido sexual explícito de un adulto, frente a cuatro de cada diez niños.
El estudio EU Kids Online, que abarcó a menores de entre 9 y 16 años, indica que aproximadamente uno de cada diez niños dice que nunca se siente seguro en internet. Además, en la mayoría de los países consultados hasta un tercio de los niños afirmó que sus padres habían publicado algo sobre ellos sin pedirles permiso; entre el 3% y el 29% de los menores que declararon esto solicitaron que se eliminara el contenido.
Formas concretas de daño y preocupaciones a largo plazo
- Permanencia y pérdida de control: una vez publicado, difícilmente se elimina por completo. Imágenes y vídeos pueden ser copiados, reutilizados o alterados.
- Explotación sexual y sitios de abuso: fotos de menores desnudos o en situaciones comprometedoras pueden acabar en plataformas de contenido sexual o en manos de redes de explotación.
- Identificación y riesgo físico: las imágenes suelen revelar pistas sobre ubicaciones, rutinas y entorno, facilitando el rastreo.
- Consecuencias psicosociales: cuando los niños crecen, las huellas digitales pueden generar vergüenza, acoso escolar o dificultades en la construcción de identidad si gran parte de su vida quedó documentada sin su consentimiento.
Estas preocupaciones trascienden regiones y culturas; sin embargo, la forma en que se manejan varía según marcos legales, normas sociales y prácticas familiares.
Marco normativo y limitaciones actuales
Aunque existen regulaciones robustas en lugares como la Unión Europea, como el Reglamento General de Protección de Datos y el Reglamento de Servicios Digitales, estos instrumentos no se enfocan específicamente en el intercambio que hacen los padres de datos personales de menores. Esa laguna dificulta una respuesta normativa clara frente al sharenting, y hace que la prevención dependa en gran medida de educación y buenas prácticas familiares.
En América Latina, donde las dinámicas familiares y el uso de redes sociales pueden ser intensos, esta falta de enfoque legal específico obliga a combinar iniciativas educativas, responsabilidad de plataformas y políticas públicas adaptadas a contextos locales.
Qué pueden hacer padres, escuelas y responsables de políticas
Para reducir riesgos y proteger la autonomía de los menores, el proyecto Guardián ya trabaja con escuelas para concienciar sobre prácticas responsables. Algunas recomendaciones prácticas y políticas que se derivan de la investigación y de buenas prácticas internacionales son:
- Pensar antes de publicar: evaluar por qué se comparte una imagen y cuál será su alcance potencial en el futuro.
- Evitar detalles identificables: no publicar direcciones, rutinas o fotos que permitan ubicar al menor.
- Configurar privacidad: usar configuraciones de cuentas privadas y revisar quién puede ver las publicaciones, aunque esto no garantiza eliminación total.
- Pedir el consentimiento del niño cuando sea posible: explicar y dialogar sobre lo que se publica y respetar su opinión a medida que crece.
- Sensibilizar en escuelas: integrar educación digital que incluya derechos digitales y protección de la privacidad.
- Promover políticas públicas claras: incentivar marcos que reconozcan la responsabilidad parental en la difusión de datos de menores y propongan medidas de reparación y prevención.
Conclusión
El sharenting es una práctica extendida que nace de motivos tan humanos como el afecto y el deseo de compartir, pero genera riesgos reales y duraderos para la infancia. Proyectos como Guardián buscan cuantificar y contextualizar esos peligros para orientar estrategias educativas y de política pública. En Latinoamérica, donde las redes son parte central de la vida social, hace falta más diálogo entre familias, escuelas, plataformas y autoridades para proteger la privacidad y autonomía de los niños sin demonizar la tecnología.
Entender la huella que dejamos en línea sobre nuestros hijos es el primer paso para decidir cómo cuidarlos también en el espacio digital.
Fuente original: El Pais IA