Michel Devoret: del laboratorio a la era de la ventaja cuántica

Michel Devoret, galardonado con el Nobel de Física, relata la sorpresa del premio y cómo los experimentos con circuitos superconductores abrieron la puerta a la computación cuántica. Hoy dirige hardware cuántico en Google y advierte sobre la incertidumbre en las predicciones tecnológicas.

Por Redaccion TD
Michel Devoret: del laboratorio a la era de la ventaja cuántica

Un Nobel anunciado que lo sorprendió

Cuando Michel Devoret se enteró de que había ganado el premio Nobel de Física no fue por radio ni por nota oficial inmediata: lo supo porque lo llamó su hija. Aquella mañana de 7 de octubre lo encontró en medio de un traslado de laboratorio, concentrado en gestiones administrativas entre Yale y la Universidad de California, y sin pensar que era la temporada de anuncios del Nobel. La anécdota resume algo esencial de su carácter: un científico acostumbrado al trabajo de laboratorio que, de pronto, debe asumir la exposición pública y nuevas responsabilidades asociadas al reconocimiento.

Devoret comparte el premio con John Martinis y John Clarke por demostrar experimentalmente que las leyes de la mecánica cuántica podían observarse y controlarse en circuitos eléctricos. Fue un salto conceptual: mostrar que un objeto lo bastante grande como para sostenerlo con la mano podía manifestar conductas propias de una partícula cuántica.

Pioneros de los átomos artificiales y los circuitos superconductores

En los años ochenta, el grupo liderado por Devoret y sus colegas construyó pequeños circuitos eléctricos con materiales superconductores que se comportaban como “átomos artificiales”: sistemas macroscópicos susceptibles de exhibir estados y fenómenos cuánticos. Ese trabajo, que obligó a responder a críticos y reproducir resultados, no solo produjo publicaciones influyentes sino que abrió una puerta tecnológica. La posibilidad de conectar estos “átomos” con cables y manipularlos experimentalmente transformó la percepción de lo que la física cuántica podía ofrecer a la ingeniería.

Devoret recuerda que el reconocimiento del trabajo llegó también por la disputa científica: una réplica a un comentario crítico de otro investigador terminó siendo uno de los textos más citados. Eso ilustra una dinámica central en la ciencia: los descubrimientos se consolidan tanto por la experimentación rigurosa como por el debate público y la reproducción por parte de otros grupos.

De descubrimiento a industria

Un punto clave que subraya Devoret es la diferencia entre lograr algo en física y que ese logro se convierta en una aplicación social y económica. Según él, el estatus definitivo de un descubrimiento llega cuando genera una industria que emplea gente y produce tecnologías útiles fuera del laboratorio.

El interés industrial no fue instantáneo. Un hito que aceleró la conexión entre física cuántica y tecnología fue el algoritmo de factorización de Peter Shor, en 1995, que mostró que la complejidad de ciertos problemas dependía de la arquitectura computacional. Por primera vez, un hardware cuántico parecía capaz de resolver tareas consideradas inabordables para la informática clásica, lo que llamó la atención de empresas, inversores y gobiernos. Además, factores geopolíticos y estratégicos, como la sensación de “Sputnik tecnológico”, empujaron a que la investigación cuántica recibiera recursos y prioridad en algunos países.

Hoy esa convergencia ha generado una industria emergente en torno a la computación y la criptografía cuántica; Devoret se muestra orgulloso de que el trabajo pionero haya dado lugar a oportunidades laborales y a un ecosistema tecnológico.

Google, Willow y la declaración de ventaja cuántica

Devoret es actualmente científico jefe de Hardware Cuántico en Google, donde supervisa el desarrollo de tecnologías como el chip Willow. Google ha presentado a Willow como capaz de resolver en cinco minutos una tarea que, según la compañía, a un superordenador le llevaría cuatrillones de años. Ese tipo de demostraciones se enmarca en la búsqueda de una “ventaja cuántica verificable”: pruebas experimentales en las que un procesador cuántico supera de forma clara a las máquinas clásicas en tareas concretas.

Para Devoret, estos logros no son solo ejercicios de laboratorio: muestran que las ideas teóricas de décadas atrás pueden materializarse en dispositivos que, en determinados problemas, presentan rendimientos extraordinarios. Al mismo tiempo, él mantiene una postura prudente: la trayectoria tecnológica tiende a ser impredecible y las expectativas deben calibrarse con cuidado.

Prudencia frente a la “nobelitis” y la predicción tecnológica

Devoret bromea con el concepto de “nobelitis”, la inclinación de algunos laureados a opinar sobre asuntos fuera de su especialidad. Él evita ese sesgo: es elocuente cuando habla de lo que conoce y reservado cuando se trata de predicciones. En su frase más clara: no le gusta hacer pronósticos, porque la tecnología suele ser más caprichosa que la meteorología.

Esa cautela tiene implicaciones prácticas. En un campo donde avances teóricos y demostraciones puntuales pueden generar titulares espectaculares, la consolidación tecnológica exige reproducibilidad, escalabilidad, inversión sostenida y tiempo. La historia de la computación cuántica demuestra que los hitos son necesarios pero no suficientes para transformar industrias enteras.

Qué significa esto para América Latina

Aunque Devoret habla desde laboratorios y oficinas en Estados Unidos y Europa, el avance de la tecnología cuántica tiene lecciones relevantes para América Latina. Primero, la formación de capital humano especializado será clave: físicos, ingenieros, científicos de materiales y profesionales en áreas afines serán demandados. Segundo, el vínculo entre investigación académica y empresas tecnológicas puede acelerar la adopción local de capacidades cuánticas cuando exista una apuesta coordinada.

Las oportunidades incluyen la participación en proyectos de investigación internacionales, el desarrollo de nichos industriales (por ejemplo, en instrumentación o software cuántico) y la modernización de políticas públicas para fomentar la inversión en infraestructura y educación avanzada. También hay desafíos: la necesidad de marcos regulatorios, la gestión del talento y la competencia por recursos con otros sectores prioritarios.

Mirada al futuro: entre optimismo y realismo

La historia de Devoret y sus colegas muestra cómo un experimento de física básica puede derivar en aplicaciones tecnológicas y en una industria emergente. A la vez, su actitud subraya la relevancia del realismo: reconocer la incertidumbre tecnológica, valorar los pasos intermedios y trabajar en la transición desde el laboratorio hacia productos escalables.

Para tomadores de decisión en América Latina, la recomendación implícita es clara: mirar la computación cuántica con interés estratégico, pero construyendo capacidades reales y sostenibles, en educación, colaboración público-privada y políticas que acompañen la investigación. Solo así se podrá transformar el entusiasmo por los titulares en beneficios concretos para la región.

En resumen, Devoret encarna la doble condición del científico contemporáneo: pionero técnico que celebra los hitos, y al mismo tiempo, moderado en sus pronósticos. Su trayectoria desde los circuitos superconductores en los ochenta hasta el desarrollo de chips como Willow ilustra cómo la ciencia básica y la ingeniería pueden converger para abrir nuevos horizontes tecnológicos, aunque sin renunciar a la prudencia frente a lo imprevisible.

Fuente original: El Pais IA