La fortuna de la IA y la presión por redistribuirla: ¿voluntario o forzado?
La acumulación de riqueza vinculada a empresas de inteligencia artificial reaviva la discusión sobre si esa riqueza será donada voluntariamente o redistribuida por ley. Inversores y reguladores analizan opciones que van desde donaciones y participaciones públicas hasta impuestos puntuales sobre grandes fortunas.
Un comentario que sacudió la conversación
En una charla en Atenas a finales de mayo, Neil Rimer, cofundador de Index Ventures, lanzó una observación que ha resonado en círculos empresariales: siente “una fuerte intuición de que habrá algún tipo de redistribución” de la riqueza generada por la inteligencia artificial. Añadió que podría ser “voluntaria o involuntaria”, y expresó su preferencia por la primera opción, confiando en que los líderes tecnológicos puedan encabezar ese proceso.
Lo relevante no es sólo la frase en sí, sino quién la dijo. Index Ventures es una de las firmas de capital de riesgo más exitosas de las últimas décadas y Rimer, aunque se alejó de la gestión diaria en 2021, sigue muy ligado al ecosistema. Sus palabras abren un debate sobre el destino de una porción de riqueza concentrada que se está generando ahora mismo en empresas de IA.
¿Qué está pasando con la filantropía de la nueva riqueza tecnológica?
Hay señales contradictorias. Por un lado, grandes donaciones siguen ocurriendo: Rimer y su familia, por ejemplo, han financiado proyectos académicos y han ocupado cargos en organizaciones como Human Rights Watch. Por otro, la dinámica general de la filantropía entre los más ricos muestra desgaste.
El declive en la adhesión a iniciativas emblemáticas como el Giving Pledge —la promesa de donación de la mitad de la fortuna promovida por Warren Buffett y Bill Gates— queda claro en las cifras citadas por The New York Times: 113 familias firmaron en los primeros cinco años, luego 72, luego 43 y solo cuatro en 2024. Además, aunque la donación total en Estados Unidos alcanzó un récord de 592.5 mil millones de dólares en 2024, el número de donantes ha caído por quinto año consecutivo y bajó 4.5% ese año, según la Stanford Social Innovation Review.
Incluso entre hogares acomodados se registra una ligera erosión: datos de Bank of America y Lilly Family School indican que la proporción de hogares con altos ingresos que donaban bajó de 90% en 2017 a 81% en el último año citado.
Empleados de IA: filantropía, inversión o crear más empresas
En compañías de IA como Anthropic, que forma parte del portafolio de Index, la respuesta de los empleados ha sido diversa. Anthropic ofrece un programa que iguala donaciones de hasta 25% del equity a organizaciones benéficas, pero, según un análisis citado por Business Insider, muchos empleados prefieren destinar su nuevo patrimonio a inversión angel o a crear sus propias startups en lugar de integrar la filantropía en sus planes patrimoniales.
Esto ilustra una tensión: la nueva riqueza puede impulsar el ecosistema emprendedor y la innovación, pero también concentrar capital que no necesariamente fluye hacia causas sociales tradicionales.
Cuando la filantropía falla: la presión por soluciones públicas
La ausencia de un flujo voluntario amplio de donaciones ha llevado a que se planteen soluciones legislativas o de otra índole para capturar parte de ese valor. En California, por ejemplo, habrá una votación sobre un impuesto único del 5% dirigido a multimillonarios del estado. Ese tipo de medidas genera respuestas inmediatas: algunos fundadores tecnológicos han cambiado su residencia principal a otros estados, como Florida, para evitar la medida.
La dinámica fiscal también condiciona decisiones empresariales: se ha sugerido que el posible calendario de una oferta pública de OpenAI para 2027 se vincula al hecho de que ciertos impuestos calcularían la riqueza neta basándose en los activos mundiales al cierre del año calendario.
Otras propuestas son igualmente polémicas. Ha circulado la idea de que OpenAI podría ceder al gobierno federal un 5% de su equity; el CEO Sam Altman lo presentó como una forma de compartir la renta de la IA con el público, pero críticos lo interpretan como una maniobra para obtener respaldo político.
Las reacciones no se limitan al sector privado: gobernantes y economistas advierten sobre efectos adversos. El gobernador de California y diversos expertos recuerdan que impuestos patrimoniales similares han sido eliminados en varios países desde 1990 ante la fuga de residentes adinerados.
¿Cuánta riqueza estamos hablando?
Las magnitudes son llamativas. Forbes identificó 45 nuevos multimillonarios vinculados a la IA en su ranking de 2026, con un valor combinado de 2.9 billones de dólares, y eso antes de que empresas como Anthropic u OpenAI salgan a bolsa. En uno de los ejemplos más extremos, la fortuna de Elon Musk superó el umbral del billón de dólares tras una salida a bolsa reportada de SpaceX.
La concentración de riqueza también se refleja en la distribución general: la participación del 1% más rico en la riqueza de hogares de EE. UU. alcanzó 31.7% en el tercer trimestre del año pasado, un récord desde que la Reserva Federal empezó a registrar estos datos en 1989. Esa cifra es aproximadamente igual a la porción que poseen los otros 90% fuera del primer decil, aunque sigue siendo menor que el 45% observado en el pico de la Edad Dorada en 1916.
Riesgos y lecciones para América Latina
¿Qué implica todo esto para Latinoamérica? Algunas consideraciones prácticas:
- Migración de talento y capital: la concentración de retornos en hubs como Silicon Valley puede intensificar la fuga de talento y capital desde la región si no existen incentivos fuertes para que emprendedores y empleados reinviertan localmente.
- Modelos mixtos de impacto: la ausencia de una cultura de donación robusta entre la nueva riqueza sugiere explorar incentivos fiscales y estructuras de co-inversión público-privada que canalicen capital hacia infraestructura, educación y salud sin depender exclusivamente de la buena voluntad.
- Debate fiscal y política pública: el ejemplo californiano muestra que, ante la percepción de desigualdad extrema, el electorado puede optar por medidas fiscales drásticas. En la región, esto debería motivar un diálogo temprano entre reguladores, empresas y sociedad civil para diseñar instrumentos equitativos y eficientes.
¿Qué camino tomarán los dueños de la nueva riqueza?
Las opciones son claras pero conflictivas: una parte de la fortuna puede fluir voluntariamente a través de donaciones y fundaciones, otra puede transformarse en inversión para nuevas empresas y otra puede verse capturada por impuestos o participaciones públicas. El equilibrio entre estas alternativas definirá no sólo la carrera de la IA sino la percepción social sobre su contribución al bien común.
Neil Rimer apuesta a que la redistribución puede y debe ser, en lo posible, voluntaria y liderada por el sector. Otros actores ven necesaria una intervención pública para evitar concentraciones que generan tensiones políticas.
Para América Latina, observar cómo se resuelve este dilema en Estados Unidos y Europa no es un ejercicio académico: los resultados determinarán flujos de capital, maniobras fiscales y modelos de gobernanza que afectarán la competitividad y la cohesión social de la región.
Conclusión
La riqueza generada por la IA es real y está cambiando estructuras económicas. La pregunta de si esa riqueza se distribuirá por iniciativa privada o por herramientas públicas no es sólo ética, sino estratégica. Las decisiones que tomen hoy inversionistas, empresas y gobiernos crearán precedentes y oportunidades —o fricciones— que repercutirán más allá de Silicon Valley. En América Latina, adelantarse a esos escenarios y diseñar incentivos adecuados será clave para convertir el auge de la IA en beneficio compartido y sostenible.
Fuente original: TechCrunch AI