El viaje sin likes: por qué cada vez más viajeros optan por no publicar en redes
Dejar de postear se está convirtiendo en una decisión deliberada: desde trayectos en bici por los Andes hasta viajes en autoestop, muchos viajeros prefieren vivir sin filtrar cada momento. La tendencia impacta en turismo, salud mental y en cómo protegemos destinos vulnerables.
El retorno de la experiencia por sí misma
“Hoy fue un día extremo. Subida a tope con más caña de lo que nunca imaginé… Mañana me levantaré hecho una mierda”. Ese fragmento es de una de las notas de voz que Pablo Suárez grabó desde el Balcón del Pissis, en la frontera entre Chile y Argentina. Pablo, físico cuántico de origen gallego que pidió una excedencia en su trabajo en Irlanda, emprendió un viaje de año y medio por todo el continente americano: llegó hasta Ushuaia en bicicleta y pedaló por la cordillera de los Andes hasta Ecuador. Durante todo ese tiempo casi no compartió en redes: solo fotos puntuales con familiares y notas privadas para sí mismo.
Historias como la de Suárez ilustran una tendencia creciente: el viaje vuelve a valer por sí mismo, sin la necesidad de validación pública. A este fenómeno algunos lo llaman “zeroposting”: dejar de subir contenido deliberadamente y recuperar la intimidad del viaje.
¿Por qué no publicar? Motivos y experiencias
Las razones son variadas. Para muchos, la sobreexposición genera una doble experiencia: vivir el momento y, al mismo tiempo, imaginar cómo será expuesto. Esa doble tarea resta atención y alimenta una ansiedad anticipatoria sobre la mirada ajena. Ricardo Fandiño, psicólogo clínico y coordinador general de ASEIA en Galicia, lo resume así: la necesidad de pensar “cómo lo verán los demás” acompaña a veces todo el viaje y disminuye la presencia plena.
Para Pablo Suárez, la decisión fue clara: “Hace años que me borré Instagram y detesto esa necesidad de que si no compartes algo significa que no sucede. No me gusta eso de sacar fotos y pensar en la aprobación”. Otros viajeros comparten motivos de seguridad o conservación de lugares: un porcentaje importante de turistas decide ocultar su ubicación para proteger destinos menos conocidos de la masificación.
Rocío Belén Lasserre, una viajera argentina, completó un periplo de dos años en autoestop con un propósito introspectivo. Relata que usó la tecnología lo justo para avisar a su familia que estaba bien y por dónde andaba, porque no quería que nada le sacara del momento. Su experiencia también recuerda los riesgos específicos para mujeres viajando solas: “Siendo joven, sola, tuve varias malas experiencias de acoso y misoginia… hubo comentarios fuera de lugar y algún intento de beso”, cuenta Rocío. Aunque no hubo agresiones mayores, el sabor amargo del machismo en ruta es otro factor que condiciona cómo y cuánto se comparte.
En una situación distinta, Pablo Jiménez —artista musical que viaja desde Vietnam hacia Laos y Tailandia— cuenta que, antes, usaba mucho las redes. Su viaje comenzó en Ho Chi Minh, donde se compró una motocicleta y cruzó el país. Para él, desconectarse fue recuperar espontaneidad: “Vivimos en una época de sobresaturación, de excesiva información y de dopamina rápida…”. Hoy usa las plataformas de manera limitada, solo para comunicarse con amigos cercanos, y evita publicar para el público general.
Datos que confirman un cambio de hábito
No son solo testimonios aislados. Un estudio de Booking revela que el 38% de los viajeros oculta deliberadamente sus ubicaciones; proteger destinos poco conocidos contra la masificación es una de las razones que subyacen. Además, el Estudio de Redes Sociales 2026 de IAB Spain muestra que el 42% de los usuarios ha abandonado o dejado de visitar alguna plataforma en el último año, frente al 33% de 2025. Entre las plataformas con mayor tasa de abandono están X (11%) y Facebook (10%).
Estos números configuran un panorama en el que la retirada —total o parcial— de redes se vuelve una respuesta colectiva a la saturación, a las prácticas comerciales de la plataforma y a la comercialización creciente del día a día.
Implicaciones para el turismo y los destinos latinoamericanos
El turismo sigue siendo uno de los ámbitos más activos en redes, pero la tendencia de no compartir afecta varias dimensiones:
- Conservación de lugares: la decisión de no etiquetar ni viralizar destinos poco conocidos contribuye a proteger ecosistemas y comunidades locales del turismo masivo.
- Marketing del sector: operadores y oficinas de turismo deben replantear estrategias que tradicionalmente dependen de la visibilidad pública. Mensajes más sostenibles, experiencias privadas y canales directos con comunidades pueden ganar relevancia.
- Seguridad y género: las prácticas de exposición pública también pueden aumentar riesgos para viajeros vulnerables; opciones de comunicación privada y redes de apoyo locales cobran mayor importancia.
Para América Latina, una región con destinos naturales frágiles y comunidades que a veces sufren la presión del turismo, este cambio puede ser una oportunidad para promover modelos más responsables: priorizar el impacto local por encima del alcance en redes.
Vivir antes que mostrar: ¿una elección ética?
La crítica central no es compartir per se, sino permitir que la validación externa se vuelva la medida del valor de una experiencia. Cuando la aprobación ajena define si un viaje “valió la pena”, se altera la memoria personal y se corre el riesgo de construir relatos pensados para la audiencia en lugar de para uno mismo.
Al mismo tiempo, no todos los viajes ni todos los viajeros se desprenden por completo de las redes. Algunos aprovechan plataformas para mantenerse en contacto o para generar ingresos. El punto clave es la intencionalidad: usar las herramientas sin que ellas usen al viajero.
Conclusión: nuevas reglas del viaje
La preferencia por no postear —o por hacerlo de forma muy selectiva— es una señal de madurez colectiva frente a la cultura de la exposición. Recuperar la privacidad como un pequeño lujo cotidiano no significa renunciar a la tecnología, sino decidir cómo y para quién se vive la experiencia.
Para profesionales del turismo y responsables de destinos en América Latina, esto implica repensar estrategias: respetar la privacidad del viajero, fomentar prácticas sostenibles que no dependan solo del contenido viral y ofrecer alternativas de comunicación segura y comunitaria. Para los viajeros, la invitación es sencilla: sentir emociones sin la necesidad imperiosa de compartirlas puede ser, a veces, la mejor forma de recordar un viaje.
Fuente original: El Pais IA